• Domingo, Agosto 20, 2017

Una mirada introspectiva al curso de una vida corriendo

Siempre digo que correr me ha servido para muchas cosas y ha definido mi carácter como persona: constancia, tenacidad, disciplina, sufrimiento, superación, … Pero lo que más valoro de correr es que me ha servido toda mi vida para eliminar el estrés diario. Mi trabajo está relacionado con el mundo del software, análisis, desarrollo e implantación de software en el mundo de la empresa, y como cualquiera que se dedique a este negocio, sabrá que es un mundo que genera mucha tensión. La forma de minimizar los efectos de ese estrés lo descubrí hace ahora 30 años, cuando estaba terminando mis estudios y comencé a usarlo como una forma de terapia para relajar la tensión y ansiedad que me creaba la época de exámenes.

Estudié una carrera de ciencias en una Universidad periférica que quería hacerse nombre, a lo que hay que sumar que siempre me he considerado una persona más de trabajo que de altas capacidades, así que, digamos, no fue fácil. El esfuerzo fue enorme, el de mis padres mayor todavía, pero finalmente pude terminar la carrera dentro de la media habitual. Pero como decía, la angustia, el nerviosismo y la incertidumbre de acabar, solo se liberaba con los incipientes comienzos dándole a las zapatillas. Por cierto, hasta hace unos años solía tener pesadillas con que un error administrativo me obligaba a repetir varias asignaturas (por supuesto de las más duras) para completar los estudios.

Los primeros pasos en este mundo del running se limitaban a un recorrido circular alrededor de unas cuantas manzanas, sobre aceras y con unas zapatillas de dudosa calidad. Aunque vivo en una pequeña ciudad de Murcia (Yecla), provengo de una bonita ciudad de la provincia de Alicante (Elx), la cual disponía (y sigue disponiendo) de zonas verdes tan amplias y emblemáticas como el Parque Municipal y la ladera del río Vinalopó. Algunos amigos por aquel entonces, comenzaron a correr por estas zonas, pero a mi me quedaba un poco lejos, así que tuve que conformarme con mi recorrido circular de asfalto y sobre todo, aceras. Sin duda, el terreno más duro que podamos imaginar.

Una vez trasladado a mi ciudad actual por trabajo, comencé a dedicar más tiempo a correr. El trabajo me absorbía demasiado, los pocos amigos, las relaciones sociales casi nulas y alguna que otra decepción afectiva, convertían las noches en el momento ideal para liberar la tensión. Para mi, en esta época, correr supuso un refugio. Avancé y mejoré muchísimo, pero también llegué a mi techo. Corría solo, repetía circuitos y entrenamientos, y establecía, como no, objetivos. No puedo decir que establecía objetivos a inicio de temporada, porque para mi no existía esos bloques temporales, pero sí tenía mis objetivos para cada carrera. Llegué a correr 7 días por semana, pero no conseguía vencer el estancamiento.

Por aquel entonces conocí a la que hoy es mi mujer y como es lógico tuve que bajar el ritmo, y menos mal que lo hice, aquel desmán tampoco conducía a nada. Además, he de decir y agradecer que mi esposa siempre me ha apoyado en esto, quizá porque sabe el carácter que se me pone cuando no puedo correr. De hecho, en muchas ocasiones me ha empujado ella para salir a correr. Como decía antes, es una cuestión de liberar estrés y tensión, así que mejor salir a correr y dejarlos en la entrada de casa.

Unos años después, el estancamiento se superó, gracias al entrenamiento en grupo y unos amigos que, siendo mucho mejores que yo, no salieron a hacer su carrera, sino que se esforzaron en que yo lograra mis objetivos. Sobre eso ya escribí en un artículo anterior, os dejo aquí el link. Nunca les agradecí lo suficiente lo que hicieron por mi, así que espero que valga un poquito el artículo anterior como mi reconocimiento hacia ellos.

Ese objetivo logrado fue un punto de inflexión. El objetivo alcanzado era a los 36 años (1h19’33” en la Media Maratón de Santa Pola), pero que culminaba tantos años de sacrificio y esfuerzo por lograr unos tiempos. A partir de ahí, perdí la chispa y la necesidad de correr (siempre digo que yo tuve mi crisis de los 40 a los 37 años). Supongo que también influyó tener mi primer hijo y graves problemas en el trabajo. Eso duró casi tres años. Nunca dejé de salir a correr, pero salir una vez por semana o ninguna, para mi ya no era correr.

the_runners

Volví a retomarlo lentamente. No lo hacía con ningún objetivo de marcas, solo con recuperar las sensaciones de correr y el bienestar físico y mental que generaban (ya sabéis, las famosas endorfinas). Los problemas laborales se acentuaban, así que alguna que otra decisión drástica se hubo de tomar y comenzar un nuevo proyecto laboral. Como correr no era suficiente para liberar la tensión, comencé a practicar Meditación Trascendental. A mi me ha servido desde el punto de vista de la relajación y el descanso, a pesar de que encontraremos muchos más matices según sus seguidores (también tiene detractores). Simplemente diré que a mi me ha funcionado estos años, y no tiene para mi ningún matiz religioso, ni de corriente, ni de nada. Es simplemente una técnica de relajación.

Como siempre, los corredores queremos cada día más, así que poco a poco (léase 4-5 años), vas entrenando más y recuperando la condición física, por supuesto no la de antaño, pero sí una muy buena condición física de acuerdo a la edad. Comenzaron a llegar las pruebas más largas, alguna que otra trail y ultratrail, y los miles de kilómetros al año (2000 en el 2014, y 2500 en el 2015). Mi unión al Club Fondistas Yecla reforzó mis ánimos. Los entrenamientos en grupo y las nuevas amistades hicieron el resto.

Pero claro, tantos años, tantos kilómetros tienen que pasar factura. A pesar que solo contabilizo los kilómetros de entreno y competición en los últimos años, un cálculo aproximado me induce a pensar que al menos he dado una vuelta a la Tierra (unos 40.000 kms), me atrevería a pensar que al menos 1.5 veces.

Ahora, a mis 48 años, tengo la chispa y ganas de seguir corriendo, pero las lesiones comienzan a dejarse ver. Esto me ha llevado a una pequeña frustración, pensando que este deporte, al que tanto le debo y quiero, puede acabarse. He aquí mi nueva crisis, en este caso la de los 50 (aunque también prematura). He pasado mi vida deportiva con un par de esguinces nada más, eso sí, mucha sobrecarga sobre todo en gemelos y sóleos, pero nada que me impidiese correr tras un par de masajes. Ahora parece que pueda tener tendinosis aquiliana, está pendiente de confirmación por el traumatólogo, pero todos los síntomas diagnosticados por el fisioterapeuta parecen ir encaminados a esta lesión. El dolor en los tendones de Aquiles es elevado incluso al andar.

Pero como siempre, no hay mal que por bien no venga, ahora me he convencido que el estiramiento debería ser el primer mandamiento del corredor, así que ahora hago sesiones exclusivamente de estiramientos. El objetivo es reducir el acortamiento muscular de la parte posterior de las piernas que permita eliminar parte de la tensión que generan sobre la zona afectada. Y si finalmente no puedo correr, seguro que podré “reconvertirme” a otro deporte menos agresivo con articulaciones y tendones.

Una de las principales motivos por los que corremos es para minimizar el ineludible paso del tiempo.

Este devenir es inevitable. Pensar que siempre podremos mantenernos jóvenes y en forma es uno de los motivos subconscientes que nos dirige en este camino, a pesar que no aflore a nuestro pensamiento consciente. En ello estamos, tratando de concienciarnos y salvar esos obstáculos mentales y físicos, con el fin de transformar la frustración en nuevos retos, mediante la constancia y perseverancia que en otros momentos tan buen resultado dieron.

Estoy seguro que cada uno tendrá sus motivos por los que dedica o ha dedicado tantos años de su vida a ésto, y seguramente muy distintos, pero éstos son los míos, y en definitiva los que han forjado mi carácter y personalidad.

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