• Martes, Abril 25, 2017

De qué hablo cuando hablo de correr – Murakami

Esta semana he devorado un libro al que le tenía muchas ganas: De qué hablo cuando hablo de correr, de Haruki Murakami. Tenía buenas referencias de este autor, pero hasta ahora no había leído nada de él, y cómo no, tenía que comenzar por un libro que gira alrededor de las carreras de fondo. Aunque me gusta mucho leer, no estoy en absoluto capacitado para realizar críticas literarias, así que me conformo con realizar algunos comentarios sobre la obra, pues en cierta medida he descubierto algunas analogías atléticas entre el autor y un servidor, salvando las distancias, claro.

El libro está narrado en forma de memorias y aborda la influencia que ha tenido el hecho de correr en su vida y en su obra. Para los que no lo hayáis leído solo deciros que cuenta la historia de cómo comenzó a correr después de dejar su vida, algo ajetreada, para dedicarse en cuerpo y alma a escribir. ¡Y de qué forma le cautivó!.

Creo que es un libro hecho para corredores, difícilmente se entenderá por los profanos en la materia. Sin embargo, me parece altamente recomendable, no por los logros que haya podido alcanzar el autor en el mundo del running de fondo, sino por ciertas lecciones de vida que conlleva esta interpretación del deporte.

Imagen del escritor y corredor Haruki Murakami

Imagen del escritor y corredor Haruki Murakami

En cualquier caso, como decía, no es mi intención realizar una crítica del libro, sino expresar en voz alta (bueno, por escrito), algo que intuyo como un paralelismo entre la vida atlética del autor y la mía propia. Para los que hayáis leído el libro, os diré que lo siguiente que voy a contar está íntimamente ligado con el Capítulo 6, 23 junio de 1996 – Lago Saroma (Hokkaido): Ya nadie golpeaba las mesas, nadie lanzaba los vasos. Este capítulo cuenta cómo realizó el autor un ultramaratón de 100 kilómetros y las consecuencias que se derivaron de esa acción.

Mi historia comienza así …

Yo siempre había corrido en solitario. Nunca había tenido necesidad de correr con nadie. Mis 60-70 minutos diarios de entrenamiento me servían de alivio y descarga mental tras la jornada laboral que me suponía en el día a día un estrés importante. Hacía años que me había iniciado en el mundo del running, en 5º de carrera, pero nada importante, solo salía un par de veces y algo más en época de exámenes, además, por una zona poco dada a la práctica del footing (entonces era footing), pues tenía que hacerlo dando vueltas a un colegio por la acera y pegado a una carretera de 4 vías. Ahora cuando lo pienso se me pone la piel de gallina: el firme más duro sobre el que se pueda correr y con el grado de contaminación más importante de la zona, sin contar que las zapatillas que se usaban entonces ni siquiera eran específicas para la práctica de la carrera.

Tras acabar los estudios y marcharme de mi ciudad natal, Elx (Alicante), a la ciudad donde inicié mi actividad profesional, Yecla (Murcia), inicié una actividad deportiva más intensa. Comencé a realizar mis primeras medias maratones, luego carreras de montaña (cuando éstas todavía tenían una esencia de inmersión con la Naturaleza), alguna maratón e incluso alguna maratón y media por montaña (63 kms).

Corría a todas horas, daba igual si era verano o invierno, si hacía mucho calor o nevaba (en Elx era impensable nevar) y si había tenido un día agotador o un día relajado. La cuestión es que llegué a hacer entrenos 7 días por semana, 30 días por mes, … Había días que ascendía al Cerro del Castillo hasta en dos ocasiones, por la parte “blanda” y por la parte “dura”. Los resultados temporada a temporada eran mejores, pero solo ligeramente mejores. Mi prueba por excelencia siempre ha sido la media maratón y sobre ella realizaba la medición cada temporada para determinar el margen de mejora. De una temporada a otra mejoraba un minuto o minuto y medio, pero difícilmente mejoraba más. Mi percepción era que si con el esfuerzo que realizaba todos los días mejoraba tan poco a poco, nunca llegaría a realizar marcas como las que poseían algunos amigos, que si bien eran más jóvenes que yo y se habían iniciado antes en el mundo del atletismo, mi esfuerzo como mínimo era doble del que ellos hacían en cada temporada.

El punto de inflexión surgió a raíz de la conversación con un compañero de trabajo que estaba corriendo desde que le salieron los dientes. Poseía tiempos de subélite, y que a mí me parecían de otra galaxia. Su récord en media maratón lo tenía establecido en 1h13′. Junto con otros compañeros de entrenamiento habían competido en categorías inferiores en campeonatos regionales e incluso en campeonatos de España. Su propuesta me consternó bastante: No es posible que hagas esos entrenamientos y no mejores ostensiblemente. Mañana te vienes con nosotros.

Ya os podéis imaginar el miedo (por decirlo finamente) que me entró, pero no eludí el reto, así que al día siguiente comencé a correr con ellos. No hubo problema el primer día, pues era un rodaje largo a ritmos bajos. Sin embargo, al día siguiente tocaba cambios de ritmos. Os parecerá extraño, pero no sabía ni lo que era (bueno, había oído hablar de ello, pero pensaba que eso eran cosas de velocistas), así que me dispuse a imitar lo que ellos hicieran. Esos cambios significaban ir turnándose en cabeza de carrera durante dos minutos cada uno, y cada uno podía hacer lo que quisiera, relajar el ritmo o ampliarlo según su condición física. Las sorpresa fue, no solo que pude aguantarles todo el entrenamiento, sino que cuando me tocaba a mí, rompía el ritmo y descolgaba a corredores mucho mejores que yo. Terminé agotado pero me divertí y me motivé como nunca.

Imagen 'De qué hablo cuando hablo de correr' de Haruki Murakami

‘De qué hablo cuando hablo de correr’ de Haruki Murakami

Ello me enseñó que existía otra forma de correr, que tendría que sufrir más (no como hasta ahora que mi sufrimiento siempre era muy limitado), pero ese sufrimiento se podía traducir en márgenes de mejora considerables. Siempre he sido consciente de que mi espíritu de sacrificio es importante, pero no tanto cuando éste me afecta solo a mí. Aquí había necesitado un revulsivo para superar esas cuotas de sufrimiento que uno por sí solo es difícil que rebase.

Comencé a devorar revistas especializadas como Runner’s World y a reaprender todo lo relacionado con la alimentación, ciclos de entrenamiento, zapatillas, trabajos con pesas, etc.

Estuve un par de años corriendo con ellos, y las marcas comenzaron a mejorar, pero no se traducían en bajadas importantes del crono en competición. Ellos me decían que no era capaz de trasladar a la competición el resultado de mis entrenamientos. Estaban convencidos que podía hacerlo mucho mejor. Ya no solo corría, ahora era un runner con cabeza.

Les conté que mi objetivo (mejor dicho, mi fijación) era lograr algún día realizar 1h18′ en media maratón, pero que estaba muy lejos de poder conseguirlo. Lo asumieron como un reto propio, así que me propusieron un objetivo concreto:

Si haces la Media Maratón de Santa Pola en 1h18′ con nosotros como liebres, nos invitas a un arroz con bogavante’.

Para los que no sois corredores y no tenéis percepción de lo que significa eso, solo os pido que tratéis de hacer un pequeño test, correr un solo kilómetro en 3’42”. Estoy seguro que os será prácticamente imposible (yo no podría correr un solo kilómetro hoy día a ese ritmo).

Tres de ellos se involucraron finalmente en el reto. Dos de ellos poseían récords en la prueba de 1h13′ y el tercero 1h15′, por lo que tomarían la carrera como un entreno largo. Solo me imponían una condición, y era situarnos primeros en la línea de salida.

Enero-2005Llegó el día de la prueba. Nervios descontrolados, no podía fracasar, tres compañeros iban a hacer todo el trabajo para que yo cumpliera una fijación, correr en 1h18′ una media maratón.

Km. 0. Nos situamos en la línea de salida. Me obligaron a entregar el pulsómetro y el cronómetro a mi mujer (mal empezamos, eso no podía significar nada bueno). Debíamos salir de los primeros, no podía ser de otra forma. Santa Pola tenía una línea de salida de las más estrechas que conocía (ese año finalmente la cambiaron por una más amplia) y por tanto se producía una gran acumulación de corredores, por lo que salir algo rezagado podía significar un minuto de retraso al final de carrera. ¿Sabéis como hay que acelerar para salir el primero si no quieres que te pasen por encima el resto de corredores?

Desde los primeros minutos mi ritmo de carrera era demasiado acelerado, jamás había respirado tan rápido como ese día y con la percepción de que cada bocanada de aire no era suficiente. Les incitaba a mis liebres a que bajaran el ritmo, que me era imposible seguirles. Me instigaron a continuar con ánimos (“¡En  los cambios de ritmo ibas más rápido!“). Uno de mis liebres siempre iba el primero, a unos 10-15 metros de distancia, era el que llevaba el cronómetro y el que iba midiendo los pasos por kilómetro, el segundo siempre pegado a mí, a dos metros de distancia, y el tercero, siempre por detrás, para evitar que me descolgase.

Cuando vemos en televisión una carrera con liebres, lo normal es que cada liebre se vaya quemando con los kilómetros y dejando paso a la siguiente. En este caso lo que habían pensado era perfecto, una punta de lanza que había de controlar los tiempos, y los otros dos, haciéndome un bocadillo, de tal forma que ni me permitiesen retrasarme ni acelerar el ritmo para alcanzar al de delante. Y así fue toda la carrera, la liebre principal dando órdenes de elevar el ritmo.

Si hubiera corrido con pulsómetro seguramente me habría hundido antes del km 5, pues me habría percatado que estaba trabajando muy cerca de la zona anaeróbica y superándola constantemente, lo que psicológicamente me habría inducido a pensar que no podía seguir a ese ritmo.

Si está tratando de derrotar al espíritu humano, los maratonianos son el grupo objetivo equivocado.

Si está tratando de derrotar al espíritu humano, los maratonianos son el grupo objetivo equivocado.

Km 17. El compañero que cierra el grupo, se queda atrás. Yo no quiero dejarlo pero me obligan a continuar. El resto del grupo no está preocupado por el contratiempo, faltan muy pocos kilómetros y sólo hay que continuar como hasta ahora. Yo estoy muy tocado, les reclamo aflojar el ritmo porque no doy para más, pero ahora ya las buenas formas se han perdido. Ya no me dan palabras de ánimo, sino que me advierten que no han llegado hasta ahí para que ahora me hunda.

A todo esto, no tengo ni idea del tiempo que llevamos, solo sé que mi corazón estaba trabajando a ritmos a los que nunca lo había hecho.

Km 20. Literalmente me paro. Mis compañeros me obligan a reanudar la marcha. La liebre que controla el crono me indica que estamos en tiempo de menos de 1h18′, y que a un kilómetro no podemos dejarlo así. Retomo la marcha como puedo a un ritmo bastante superior a 5 min/km, y en los últimos 200 metros trato de salvar la carrera como puedo realizando un sprint hasta donde me llegan las fuerzas.

Km 21’097. Fin de carrera, tiempo real 1h19’26” (ritmo 3’46”/km). El objetivo estuvo a tiro y en los últimos 1200 metros se esfumó de un plumazo tras tantos años de perseguirlo.

Sensaciones muy contradictorias. Jamás pensé que podría correr a esos ritmos, sin embargo, casi lo había logrado. Quizá algo de trabajo psicológico adicional me habría ayudado a conseguirlo, quizá algo más de entrenamiento, quizá … Finalmente no lo asumí como un fracaso, sino todo lo contrario, como un logro. El objetivo era muy ambicioso y no se consiguió por segundos, pero todo el esfuerzo hasta llegar allí había merecido la pena.

Gracias a la ayuda desinteresada de mis compañeros de entrenamiento (bueno, desinteresada desinteresada no era, les debía una comida pues ellos hicieron impecablemente su trabajo), al espíritu de sacrificio, al compañerismo, etc. se logró uno de los objetivos: mejorar ostensiblemente mis marcas y comenzar a creer un poco más en mi capacidad.

Y aquí mi punto de comprensión y conexión con el libro de Murakami. Toda una vida de preparación para lograr un objetivo, y una vez conseguido (o casi conseguido), entonces lo único que nos queda es la soledad, la depresión y el vacío. Pero la vida nos enseña que nada es para siempre.

A partir de ese día, llegó la decandencia… Quizá la falta de objetivos, o el sobreesfuerzo de la competición con tanta presión, me originó un desgaste físico y mental difícil de superar. Si a eso sumamos cargas laborales, familiares y otras que se busca uno sin comerlo ni beberlo, resultado, decadencia física hasta niveles de siete años antes.

Me ha costado años recuperarme de ese valle u hondonada psicológica. La física costará mucho más recuperarla. Sin embargo, desde hace algo más de un año he vuelto a entrenar con las mismas ganas que entonces, cuando los buenos momentos. Sé que no volveré a realizar jamás una marca de 1h19′ en media maratón. Son marcas de otros tiempos y en otras condiciones. Sin embargo, es época de otros retos, que están todavía por definir (bueno, la verdad que están en mente, pero no mencionarlos me da más margen de preparación y me libera de un estrés innecesario).

Hoy ya no pienso en cronos, sino en distancias.

Lo único que me interesa es disfrutar del camino.

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12 Comments

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  3. Mirichan
    31 Marzo, 2014 at 9:06 AM Responder

    Me ha encantado el post. Gracias por compartirlo.

  4. Jesús
    24 Marzo, 2014 at 4:40 AM Responder

    Yo ame ese libro 😀

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    […] bien, puedes contar tu historia personal, pero siempre que no monopolices la conversación o que sea el único tema que pueden tratar […]

  8. dante
    27 Junio, 2013 at 12:53 AM Responder

    Wow que interesante, voy a darme un tiempito.

    Gracias estimado

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